El título con el que parte esta reflexión, sin duda, no nos deja indiferentes. A riesgo de transgredir el decoro, es necesario hacer mención a esta cuestión. En Corralones, San Clemente, un grupo de jóvenes —no indagaré en quiénes— marcó a otro joven —no indicaré quién— con un llamado juego en el que, de manera tácita, se vulnera la integridad psicológica, física y emocional del afectado a través de tocaciones. Esta treta, que es un delito, se denomina “el violado”.
Más allá de la condena social y jurídica que contempla el acto mismo, o de su reiteración en diferentes víctimas, a modo de transformarse en una práctica colectiva de un grupo de adolescentes —que, por cierto, merece todo nuestro rechazo y un llamado urgente a condenar y detener—, es preocupante constatar que surja en nuestras comunidades más jóvenes este nivel de violencia cotidiana.
Nos da cuenta de algo que venimos advirtiendo desde hace ya mucho, pero que hemos ignorado, como esos restos que dejamos en la alacena y que postergamos con un “ya los sacaré mañana”, hasta que terminan contaminándolo todo.
En este caso, la contaminación es social y ha impregnado a los más susceptibles de vulneración ante cualquier crisis o emergencia: nuestra niñez.
La —en apariencia— cúlmine de la degradación de los sujetos, cual tiempos de guerra, al emplear dinámicas vejatorias para la entretención recreativa, nos grita en la cara que “el violado” es este grupo social que sufre primero y último.
El más vulnerable de todos nosotros: ese es “el violado”, y quien lleva mucho tiempo en esa condición es la niñez.
Franco Lavagnino P.










