Lo que durante décadas fue visto como una maleza podría convertirse en una nueva oportunidad para la agricultura, pues un grupo de investigadores de Illinois State University logró transformar el pennycress en un cultivo con valor comercial mediante edición genética con CRISPR, un avance que abre nuevas posibilidades para producir materias primas de manera más eficiente y sostenible.
El pennycress (Thlaspi arvense), también conocido como mastuerzo o hierba de los campos, es una planta silvestre de la familia de las brasicáceas (como la canola, la mostaza, el brócoli y la coliflor). Destaca por sus semillas con alto contenido de aceite, que se estudian para fabricar biocombustibles avanzados, como el combustible de aviación. Sin embargo, la planta silvestre presenta varias características que dificultan su cultivo comercial.
Entre ellas se encuentran una alta concentración de glucosinolatos, compuestos naturales que pueden limitar el aprovechamiento alimentario de la harina que queda después de extraer el aceite; semillas pequeñas y con una cubierta relativamente gruesa; y mecanismos de dormancia que permiten que algunas semillas permanezcan en el suelo y vuelvan a germinar posteriormente como malezas.
Entre los principales resultados se obtuvieron una reducción aproximada del 75% en el contenido de glucosinolatos, bajo contenido de ácido erúcico, reducción de la fibra de la semilla, lo que podría favorecer el aprovechamiento de la fracción proteica restante después de extraer el aceite, y disminución de la dormancia, lo que reduce la posibilidad de que la especie reaparezca posteriormente como maleza.
El ciclo corto y la tolerancia al frío del pennycress permiten insertarlo entre dos cultivos estivales de temporada completa.
En una rotación típica, podría sembrarse después de la cosecha de maíz durante el otoño, permanecer cubriendo el terreno durante el invierno y cosecharse a fines de la primavera. Inmediatamente después, el agricultor podría establecer soya u otro cultivo de verano.
De esta manera, el sistema podría generar tres cosechas comerciales en dos años, al tiempo que mantiene raíces vivas y cobertura vegetal durante una estación en que muchos terrenos permanecen descubiertos.
Estas plantas pueden disminuir el impacto directo de la lluvia sobre el suelo, retener parte de los nutrientes remanentes de la cosecha anterior, aportar materia orgánica y ayudar a limitar la erosión.
Esta combinación de beneficios ambientales y económicos posiciona al proyecto como un ejemplo del potencial que tiene la innovación biotecnológica para enfrentar los desafíos de la agricultura del futuro.
“La edición genética está permitiendo desarrollar soluciones que hace pocos años parecían inalcanzables. No solo mejora cultivos tradicionales, sino que incluso puede transformar especies silvestres en nuevas alternativas productivas con beneficios ambientales y económicos. Este tipo de innovación demuestra que la biotecnología será una herramienta clave para producir más alimentos, de mejor calidad, utilizando mejor los recursos disponibles y adaptando la agricultura a los desafíos del cambio climático”, señala el Dr. Miguel Ángel Sánchez, director ejecutivo de ChileBio.






