En el día a día de los hogares, los dispositivos digitales suelen convertirse en una “niñera tecnológica” que esconde riesgos invisibles para el desarrollo infantil.
Ante esto, Jéssica González, jefa de carrera de Técnico en Párvulos y Básica del CFT San Agustín sede Linares, advierte sobre los peligros el uso pasivo de pantallas, como el aumento del 49% en el riesgo de retraso del lenguaje y entrega herramientas prácticas basadas en la firmeza amorosa, rescatando el valor del juego real y el ejemplo de los adultos en el hogar.
¿Por qué es tan importante hablar del uso de pantallas en niños y niñas en la rutina diaria de la casa?
“Porque hoy en día los niños pasan mucho tiempo en casa y las pantallas suelen convertirse en la “niñera tecnológica”. No buscamos demonizar la tecnología, sino hacernos conscientes de que el cerebro entre los 2 y los 5 años es totalmente plástico; necesita de experiencias reales y no de un cristal”.
¿Cuál es la recomendación de los expertos respecto a los tiempos de exposición y horarios definidos?
“La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que los menores de 2 años deben tener cero pantalla; ellos necesitan contacto con la naturaleza, texturas, movimientos y juego. De los 2 a los 5 años, el máximo es una hora al día, idealmente fraccionada en bloques de 15 minutos y siempre acompañados de un adulto, jamás solos”.
¿Cuáles son los principales riesgos de un uso excesivo en la primera infancia?
“Afectan tres áreas clave. En lo físico, genera sedentarismo, riesgo de obesidad, problemas de postura y fatiga visual. En lo neurológico, la luz azul inhibe la melatonina (hormona del sueño), provocando insomnio e irritabilidad. Y en lo emocional, causa baja tolerancia a la frustración: el mundo digital es inmediato, pero el real requiere esperar, y al no saber hacerlo, los niños se desregulan”.
¿Cómo instruyen o ven ustedes el impacto del uso prolongado de tablets, televisores o celulares en el desarrollo del lenguaje y las habilidades sociales?
“Es preocupante. Para aprender a hablar se necesita la interacción humana, mirar los labios del adulto y leer el lenguaje no verbal. Las pantallas no responden a los estímulos del niño. De hecho, por cada 30 minutos de pantalla individual en menores de 2 años, el riesgo de retraso del lenguaje expresivo aumenta un 49%. En lo social se pierde la empatía, porque dejamos de mirarnos a los ojos”.
¿Existe diferencia entre los estímulos de una tablet, un televisor o un celular?
“Totalmente. No es lo mismo ver televisión a dos metros de distancia que interactuar a centímetros de una tablet o celular. Estos últimos son dispositivos híper estimulantes: el niño hace scroll y recibe dosis instantáneas de dopamina. Por su parte, los videojuegos de ritmo rápido aceleran el sistema nervioso y los dejan en un estado de alerta y sobreexcitación constante”.
Señales de alerta en el hogar:
Trastornos del sueño o dificultad para quedarse dormido.
Cambios drásticos en el humor o agresividad al retirar el dispositivo.
Pérdida de interés por jugar con otros niños o con sus juguetes.
Aislamiento social.
¿Qué recomendaciones darías para establecer límites en el día a día sin generar conflictos?
“La clave es la anticipación y la firmeza amorosa. No podemos quitar el celular de golpe; debemos avisarles antes: “Te quedan 5 minutos y luego apagamos el teléfono para almorzar o jugar”. También es vital establecer espacios libres de tecnología, como la hora de la mesa y, al menos, una hora antes de ir a dormir”.
¿Cuáles son los contenidos más idóneos según la edad?
“Aquellos que inviten a la acción en el mundo real. Series como Bluey o Pocoyó están evaluadas por neurocientíficos porque rescatan el juego y el amor familiar. Hay que evitar contenidos hiperactivos con cambios bruscos de luces que sobreestimulen, y prohibir que los más pequeños vean a youtubers de videojuegos, ya que adoptan dinámicas de adultos que no corresponden a su etapa de formación”.
¿Qué alternativas prácticas tenemos para entretener y compartir con los pequeños dentro de la casa?
“Los juegos sensoriales como amasar, hacer galletas o pulseras fortalecen la motricidad fina. También la construcción de refugios con mantas y sillas, usar linternas, pintar cajas de cartón, los juegos de mesa o modelar con plastilina. En la crianza, lo importante no es el clima de afuera, sino el calor de la interacción que generamos adentro de la casa”.
¿Cuál es el rol de los adultos como modelos en este uso responsable?
“Somos su espejo. No podemos exigirles que dejen el celular si nosotros estamos en la mesa revisando correos o redes sociales. Existe la tecnoferencia, que es la interrupción de las relaciones humanas por culpa de estos dispositivos. Si queremos hijos equilibrados digitalmente, debemos ser adultos digitalmente responsables”.
¿Cómo podemos usar la tecnología a nuestro favor?
“Usándola para la creación activa en lugar de la recepción pasiva. Si tienen curiosidad por un tema, busquemos documentales cortos para verlos y conversarlos juntos. También podemos usar el celular para grabar un video de la mascota, registrar la naturaleza o armar un proyecto en común”.
¿Qué mensaje final te gustaría dejar a las familias?
“Que nada reemplaza el vínculo humano. La tecnología es parte del siglo XXI y no los vamos a aislar, pero nuestro rol es ser guías y mediadores. El cerebro de un niño en esta edad solo necesita amor, contacto visual, juego libre y, además, aburrimiento, porque el aburrimiento sano es el que despierta la creatividad”.






