El pasado 20 de junio, el calendario marcó una fecha histórica para la familia Díaz Pizarro y para las calles de San Felipe, Papudo y Talca. Inés Díaz Pizarro cumplió un siglo de vida. Cien años de historias, de caídas y levantadas, de un orden impecable y de una energía que ya se la quisieran muchos jóvenes de hoy.
Nacida en 1926 en Papudo, en una época donde la vida se abría paso con la sabiduría de una partera, Inés ha sido el motor de una gigantesca dinastía que hoy celebra su existencia.
Una madre todoterreno que desafió los tiempos
Ser mujer, divorciada y sacar adelante a tres hijos (Marina, Jimena y Luis) en el Chile del siglo XX no era una tarea sencilla. Pero para Inés, los imposibles no existían. Se dedicó en cuerpo y alma a trabajar incansablemente para que a su hogar nunca le faltara nada en la fábrica de cáñamo de San Felipe.
Su medio de transporte oficial, su compañera de batallas y su secreto de longevidad fue, sin duda, su bicicleta. En ella se desplazaba a diario para trabajar, combinando su rutina laboral con la gimnasia y una de sus grandes pasiones: viajar.
Pasión sin fronteras por el Uní Uní
Si había algo que encendía el espíritu de Inés, además de su familia, era el fútbol. Fanática acérrima y socia del Club Unión San Felipe, no importaba la distancia ni el clima; ella seguía al equipo albirrojo por cualquier cancha donde jugara, demostrando que la pasión no sabe de géneros ni de edades.
Un carácter “especial” y un orden militar
Los nietos lo dicen entre risas, pero con un respeto profundo: Inés era “enojona”. Extremadamente ordenada, su hogar era un templo de la pulcritud. No permitía que se arrojara ni un solo papel al suelo. Ese carácter firme fue, precisamente, el que le dio la templanza para liderar a su numerosa descendencia, que hoy se traduce en una impresionante línea sucesoria:
3 hijos.
13 nietos.
20 bisnietos.
3 tataranietos.
Cuando la tierra se movía y el susto cundía entre los chilenos, Inés mantenía la calma a su manera, repitiendo su ya célebre frase folclórica: “¡Torromoto, torromoto!”, transformando el miedo en una anécdota familiar coreada por generaciones.
Entre la nieve de San Felipe y los “dulces” de Papudo
Un siglo de vida deja anécdotas memorables. En San Felipe todavía recuerdan aquella mañana de una histórica nevazón. Fiel a su estilo, Inés se levantó temprano y salió a trabajar en su bicicleta. Tan concentrada iba en su deber, que no se percató de la magnitud del hielo acumulado en la calle. ¿El resultado? Un resbalón monumental donde volaron ella y la bicicleta, una escena que hoy se recuerda con una sonrisa de admiración por su terquedad laboriosa.
Y la chispa sigue intacta. Hace solo unos días, durante la celebración de su centenario en su querido Papudo, la casa estaba repleta de risas y recuerdos. En una mesa había un pocillo lleno de piedras de mar, pulidas y brillantes, del tamaño exacto de un caramelo. Inés, con la picardía de los años, las confundió con dulces y estuvo a un milímetro de echársela a la boca, siendo sorprendida justo a tiempo por su bisnieto en medio de las risas de los presentes.
Con 100 años recién cumplidos, Inés Díaz Pizarro es el reflejo de una generación que no se rindió ante nada. Una mujer que pedaleó contra el viento, que gritó los goles de Unión San Felipe con el alma y que construyó un legado de amor, disciplina y resiliencia que hoy abraza a cuatro generaciones. ¡Feliz siglo de vida, doña Inés!









