Para quienes recorren con frecuencia las playas del país, resulta evidente que algo está cambiando. Después de cada marejada, la arena parece retroceder un poco más y los espacios que antes parecían permanentes hoy se ven alterados. Y el fenómeno no es solo visual: de acuerdo con el Atlas de Riesgos Climáticos del Ministerio de Medio Ambiente, diversas playas del país están experimentando una reducción progresiva de su superficie.
“Lo ocurrido este invierno en sectores como Valparaíso, Viña del Mar y Algarrobo no es un episodio aislado, sino la expresión visible de una transformación que lleva años avanzando”, explica Catherine Tapia, Ingeniero Civil en Obras Civiles con especialidad en Obras Marítimas y Gerente de Operaciones de GHD en Chile.
Durante años, las playas mantuvieron un equilibrio reconocible: el mar retiraba arena en invierno y la devolvía en verano. Ese ciclo permitía su recuperación. Hoy, las marejadas ocurren con mayor frecuencia e intensidad y no se limitan a los meses de invierno, por lo que muchas playas ya no alcanzan a recomponerse antes del siguiente evento.
Pero no todo se explica por la fuerza del mar. La urbanización del borde costero, la canalización de ríos, la alteración de cuencas y la intervención de dunas han reducido el aporte natural de sedimentos. En otras palabras, se sigue perdiendo arena, pero cada vez existen menos mecanismos para recuperarla.
En la Región de Valparaíso, los estudios muestran tasas de erosión distintas según la playa y el período analizado. En sectores como Caleta Portales se han registrado retrocesos superiores a un metro anual, mientras que Algarrobo y Santo Domingo presentan situaciones aún más críticas. Más allá de las cifras, el cambio está a la vista: franjas de arena más estrechas, accesos expuestos y estructuras que antes llegaban a la playa y hoy parecen suspendidas.
Aunque este fenómeno suele asociarse únicamente al ámbito ambiental, sus consecuencias van mucho más allá. La erosión costera afecta la seguridad de las personas, pone presión sobre infraestructuras críticas, impacta la actividad turística y desafía la forma en que se planifican las ciudades y comunidades costeras.
“Quizás la pregunta ya no sea cómo recuperar las playas que se están perdiendo, sino cómo convivir con costas que inevitablemente serán distintas a las conocidas hasta ahora. Esto exige avanzar hacia una gestión integrada del borde costero, entendiendo que playas, dunas, cuencas y ciudades forman parte de un mismo sistema interconectado”, comenta Catherine.
Las playas nunca han sido estáticas. Han cambiado a lo largo de la historia. La diferencia es que hoy esos cambios ocurren con mayor velocidad y bajo una presión creciente de origen humano. Ignorar esa realidad no detendrá el problema; solo reducirá la capacidad de anticipación y adaptación. Lo que está en juego no es únicamente la pérdida de arena, sino la manera en que la sociedad decide relacionarse con el litoral en las próximas décadas.






