En el marco del Día de los Patrimonios, y bajo el lema ministerial “Memorias que sanan, Historias que cuidan”, la enfermera María Gómez repasa sus 52 años de trayectoria en la institución. Desde las antiguas salas con piso de madera y calefacción a carbón hasta la llegada de tecnología de punta, su relato es un testimonio vivo de la evolución médica, donde reafirma que el verdadero patrimonio de la salud radica en el cuidado a los pacientes.
Con paso firme y vistiendo su impecable uniforme clínico azul marino, color distintivo del equipo de enfermería, que contrasta con el otrora blanco inmaculado, María Gómez Vega, enfermera Supervisora del Servicio de Urología del Hospital Regional de Talca (HRT), mira hacia atrás con orgullo. Son 52 años de servicio en la institución, una vida entera dedicada al cuidado de la comunidad maulina.
La historia de María comenzó en 1974, una época donde los desafíos eran monumentales y los recursos sumamente escasos. La profesional recuerda vívidamente cómo era el recinto asistencial en sus inicios: “El hospital era arquitectónicamente una estructura antigua, muy amplia, que ocupa el mismo espacio, en el mismo terreno, con áreas bastante disgregadas. […] Eran salas grandes, con 12, 10 camas, piso de madera, la calefacción era por el carbón”.
De la intuición a la vanguardia médica
La labor clínica en la década de los setenta distaba mucho de los actuales estándares de monitorización digital. Ante la falta de tecnología, la destreza clínica y la cercanía con el enfermo debían multiplicarse. “Usábamos para controlar pulso el reloj con secundario y de la misma forma tampoco había monitores de flujo de presión. Calculábamos el goteo para ver los volúmenes. Ese hecho nos ayudó a estar más cerca del paciente y tener una vigilancia más estricta”, detalla con la precisión de quien ha vivido la evolución de la medicina en primera persona.
Fue precisamente esta necesidad de adaptación la que convirtió a María y a sus compañeras en pioneras. Al asumir en la unidad de post-operado en aquellos primeros años, se enfrentó a un área crítica donde las guías clínicas aún no existían: “No había un sistema de protocolo, las técnicas tampoco estaban establecidas, por lo tanto se tuvo que empezar de cero”. Con esfuerzo y trabajo en equipo, impulsaron normativas que sentarían bases históricas. “Muchas de las normas que ya están escritas se escribieron mucho tiempo atrás, y es un gran orgullo para mí”, confiesa la profesional.
Posteriormente, en 1982, participó en la creación del Servicio de Urología, área que alcanzó hitos a nivel país, convirtiendo al HRT en el primer hospital público de Chile en contar con Litotripsia, procedimiento médico ambulatorio y mínimamente invasivo que utiliza ondas de choque o tecnología láser para pulverizar cálculos renales, además de ser centro de referencia en quimioterapia regional para cáncer de testículo e iniciar los trasplantes renales.
El trato humano como la mejor medicina
Tras el terremoto y la posterior reconstrucción de sus nuevas instalaciones, el HRT se consolidó como un recinto de derivación de altísima complejidad, equipado con tecnología de nivel internacional y un número de profesionales sustancialmente mayor. Sin embargo, para María Gómez, el núcleo de su profesión permanece inalterable ante cualquier modernización.
“Que no se olviden de que el paciente es un ser humano, por lo tanto hay que tratarlo como tal, ¿cierto? […] Siempre el enfermo necesita ayuda, el estar con él, el escucharlo […] el mirarlo y yo creo que eso es la mejor medicina”, reflexiona, enviando un mensaje directo a las nuevas generaciones del área de la salud.
Al reflexionar sobre el significado de esta efeméride cultural, la profesional no dudó en redefinir qué es lo invaluable dentro de las paredes del hospital: “Creo que el verdadero patrimonio de un hospital son los pacientes, aquellos a quienes cuidamos en la enfermedad, acompañamos en el dolor, consolamos en los momentos difíciles y sostenemos con humanidad y cariño cuando más lo requieren”.






