En 1954, fue hallado en la alta cordillera de Chile central, en el cerro más alto visible desde la capital, Santiago, el cuerpo de un niño de unos ocho años. Por más de 70 años, la muerte del “Niño del Cerro El Plomo” se interpretó principalmente como resultado de la hipotermia sufrida durante una ceremonia incaica en alta montaña. Sin embargo, un estudio reciente publicado en “Science Advances” propone una explicación distinta: no habría muerto por exposición al frío, sino por un trauma craneal contundente ocurrido en el contexto de un sacrificio ritual de Capacocha (un ritual inca que consistía en sacrificios humanos, generalmente de niños, y en ofrendas de objetos sagrados).
El artículo, titulado “Pilgrimage to sacrifice: mechanisms, causes and time of death of the Western Andean Capacocha of the Southern Tawantinsuyu”, reanaliza dos contextos de Capacocha del actual territorio chileno: el Niño del Cerro El Plomo, hallado en 1954 en la alta cordillera de Chile central; y las jóvenes de Cerro Esmeralda, descubiertas en 1976 en Iquique, en el desierto de Atacama, una investigación liderada por Verónica Silva-Pinto, curadora del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago.
Uno de los principales hallazgos se refiere al Niño del Cerro El Plomo, descubierto a 5.400 metros de altitud.
Su cuerpo corresponde al de un niño de 8 a 9 años al momento de su muerte y se preservó de forma natural mediante congelación. Desde su hallazgo, la interpretación más conocida siguió la propuesta de Grete Mostny, según la cual habría muerto por hipotermia tras beber una bebida alcohólica para inducirle el sueño durante la ceremonia. Pero los análisis recientes identificaron una lesión en la región frontal izquierda del cráneo, asociada a una fractura perimortem y a la separación traumática de las suturas craneales.
Según explicó la investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Tarapacá, Marcela Sepúlveda, quien forma parte del equipo de investigación, “la evidencia reunida permite revisar hipótesis previas y discutir, entre otros aspectos, los mecanismos de muerte, la variación en la dieta en relación con el peregrinaje, la cronología de estas prácticas sacrificiales y su relación con la expansión inca en dos regiones del actual territorio del país”.
La arqueóloga, doctora en Prehistoria, Etnología y Antropología y presidenta de la Sociedad Chilena de Arqueología y Directora de la Sociedad de Arqueología Americana, detalló que “en conjunto, los datos nos permiten ahondar en la complejidad del ritual de Capacocha y del peregrinaje asociado, como proceso simbólico y político, e interpretar esta ceremonia como un acto biopolítico significativo de la expansión inca por el Collasuyu, la porción sur del imperio”.
El estudio aplicó por primera vez el análisis de elementos finitos en un contexto de Capacocha para explorar la dinámica biomecánica de la práctica sacrificial. Esta herramienta permitió modelar el impacto craneal, evaluar su plausibilidad mecánica y fortalecer la interpretación forense del trauma observado en el Niño del Cerro El Plomo. Los modelos biomecánicos indican que el patrón de lesión es compatible con un impacto de alta energía. Entre los implementos evaluados, una maza estrellada de lóbulos romos mostró la mayor concordancia morfológica con la lesión observada.
La Capacocha fue una de las ceremonias más importantes del Tawantinsuyu o Imperio inca. En ella, niños, niñas y mujeres jóvenes eran seleccionados para ser ofrendados a las montañas sagradas o apus, en un proceso que vinculaba sacrificio, peregrinaje, poder político, religión y expansión imperial. El nuevo estudio muestra que estos rituales no pueden entenderse solo como ceremonias realizadas en la alta montaña, sino como procesos estatales complejos, prolongados y profundamente vinculados a la incorporación simbólica y política de los territorios conquistados. Quienes se sacrificaban se convertían en huaca, a la vez que entregaban su energía y vitalidad a la montaña, también consideradas como lugares sagrados dentro de un paisaje simbólico conformado por entidades humanas y no-humanas.
Otro aporte central proviene del análisis secuencial de isótopos estables en el cabello, que permitió reconstruir cambios en la dieta y en la movilidad durante los últimos meses de vida. La evidencia sugiere que el Niño del Cerro El Plomo habría estado en tránsito durante cerca de nueve meses antes de llegar a la montaña, mientras que las jóvenes de Cerro Esmeralda (Iquique) participaron en peregrinajes de aproximadamente cinco y tres meses, respectivamente.
Hasta ahora, parte de la discusión sobre los cambios alimentarios en individuos sacrificados en Capacocha se había asociado con modificaciones en su estatus social tras su selección para el sacrificio. Sin embargo, el nuevo estudio propone una lectura más compleja. Las variaciones isotópicas no se explican únicamente por la posición social del individuo, sino también por la participación en largos itinerarios rituales, el desplazamiento entre regiones ecológicamente distintas y la alimentación ceremonial durante el trayecto.
Desde esta perspectiva, las comunidades locales habrían recibido y alimentado a los peregrinos mediante ceremonias de comensalidad. Estas prácticas no solo habrían permitido sostener físicamente los desplazamientos, sino también integrar simbólica y políticamente a las comunidades locales en el orden imperial inca.
Los fechados radiocarbónicos ubican al niño en el siglo XV. Las fechas medianas calibradas corresponden aproximadamente a 1480 D.C. para el Niño del Cerro El Plomo; en tanto, 1440 d.C. para la niña de Cerro Esmeralda, 1450 d.C. para la joven de Cerro Esmeralda. Estos resultados muestran que ambos contextos son cronológicamente compatibles y forman parte de un mismo horizonte ritual asociado a la consolidación del Tawantinsuyu en los Andes meridionales, previo a la llegada de los españoles a la región. En definitiva y en conjunto, la investigación muestra cómo el Estado inca utilizó el cuerpo, el sacrificio ritual y el peregrinaje para la incorporación de los territorios conquistados y la consagración de su imperio.
Los resultados fueron obtenidos mediante un enfoque interdisciplinario que integró tomografía computada, análisis bioantropológico y forense, dermatología, histología, modelamiento biomecánico, análisis de elementos finitos, isótopos estables y fechados radiocarbónicos. El uso de métodos no destructivos o mínimamente invasivos permitió generar nueva información sin comprometer la integridad de los cuerpos y manteniendo un marco ético para el estudio, la conservación y el resguardo patrimonial.
Más allá de sus hallazgos específicos, la investigación demuestra la importancia de volver a estudiar colecciones patrimoniales a medida que avanzan las tecnologías. Cuerpos, objetos y contextos analizados hace décadas pueden aportar nueva información cuando se abordan con preguntas actuales, herramientas científicas contemporáneas y criterios éticos orientados a preservar su integridad.
El estudio fue financiado por el Fondo de Apoyo a la Investigación Patrimonial (FAIP) del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, a través del Museo Nacional de Historia Natural de Chile, y contó con la colaboración científica de instituciones nacionales e internacionales, entre ellas la Clínica Alemana de Santiago, la Universidad de Tarapacá, la Universidad de Chile, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Alemania, y la Universidad de Bradford, en Reino Unido.
La investigación fue desarrollada por un equipo interdisciplinario e internacional compuesto por Verónica Silva-Pinto, Marcela Sepúlveda, Eugenia M. Gayo, Pablo Mendez-Quiros, Mario Castro, Lumila Paula Menéndez, Gonzalo M. Rojas-Costa, María L. Cerón, Andrew S. Wilson, Verónica Catalán, Claudio Silva, Ximena Stecher, Pablo Soffia y Domingo C. Salazar-García.
Artículo: Silva-Pinto et al. “Pilgrimage to sacrifice: mechanisms, causes and time of death of the Western Andean Capacocha of the Southern Tawantinsuyu.” Science Advances 12, eadz9055 (2026). DOI: 10.1126/sciadv.adz9055.







