La adolescencia es una etapa marcada por cambios profundos a nivel emocional, social y cognitivo. Es un período donde los jóvenes buscan construir su identidad, definir quiénes son y encontrar un sentido de pertenencia. En ese proceso, la necesidad de ser aceptados por sus pares y de ganar autonomía se vuelve central.
Sin embargo, cuando esta búsqueda ocurre sin vínculos protectores, es decir, sin adultos significativos que acompañen, contengan y orienten, aumentan considerablemente las probabilidades de que los adolescentes tomen decisiones de riesgo, como el consumo de alcohol o drogas, la participación en conductas violentas, la exposición a entornos dañinos o incluso conductas autolesivas.
Según explica Camila Ovalle, psicóloga clínica educacional y co fundadora de Bow Care, “no se trata únicamente de supervisión, sino de conexión: sentirse visto, escuchado y comprendido. Cuando un estudiante percibe que hay un adulto en su entorno escolar que lo conoce y se interesa genuinamente por su bienestar, es mucho más probable que regule mejor sus emociones, tome decisiones más reflexivas y busque ayuda en momentos críticos”.
En este sentido, mejorar la convivencia escolar no puede limitarse a evitar conflictos o sancionar conductas disruptivas. “Implica construir un entorno relacional donde los estudiantes se sientan parte de una comunidad, donde existan espacios de confianza y donde los adultos estén disponibles no solo desde la autoridad, sino también desde el vínculo”, señala la profesional.
Además, es importante entender que las conductas de riesgo no aparecen de un día para otro. Según detalla Ovalle, “suelen estar precedidas por señales tempranas: cambios en el estado de ánimo, aislamiento, irritabilidad, baja en el rendimiento académico o dificultades en la relación con otros. Cuando los establecimientos cuentan con una mirada preventiva, estas señales pueden ser detectadas a tiempo, permitiendo intervenir antes de que escalen a situaciones más complejas”.
La convivencia escolar no se construye únicamente en momentos de crisis, sino en el día a día: en cómo se saluda a los estudiantes, en los espacios de escucha, en la forma en que se gestionan los conflictos y en la disposición a comprender lo que hay detrás de una conducta. Es en esa red de relaciones cotidianas donde se genera el verdadero impacto.
Recomendaciones para mejorar la convivencia dentro de la sala de clases:
Construir vínculo antes de exigir conducta: La autoridad se fortalece cuando hay conexión.
Observar cambios, no solo incidentes: Las señales tempranas permiten anticiparse.
Generar espacios de conversación: Pequeños momentos de escucha pueden cambiar el clima del curso.
Involucrar a los estudiantes en las normas: Aumenta el compromiso y la responsabilidad.
No normalizar la violencia “pequeña”: Las agresiones sutiles también dañan y deben abordarse.
Usar datos para priorizar apoyos: Permite identificar a quienes necesitan ayuda, incluso si no lo expresan.
En un contexto donde los problemas de convivencia van en aumento, la clave no está solo en reaccionar, sino en anticiparse. Conectar con los estudiantes no es un complemento: es una herramienta central de prevención.







