La violencia escolar en Chile ha alcanzado niveles alarmantes evidenciando no sólo una crisis de convivencia en los establecimientos educativos, sino también un profundo malestar emocional y social que afecta a niños, niñas y adolescentes en todo el país.
Estos últimos días han sido numerosos los hechos que han marcado a la comunidad educativa, como es el terrible caso en Calama, sumado a un caso en Argentina y, el más reciente, en Curicó, donde afortunadamente el menor pudo ser contenido antes de que desatara una nueva tragedia.
Estas situaciones fácilmente provocan enojo o desconcierto. Lo difícil es mirar más allá del acto en sí y preguntarnos: ¿cómo llegamos hasta aquí? Esto no es un hecho aislado, es el reflejo extremo de un malestar que se ha venido incubando en silencio: estudiantes desregulados emocionalmente, adultos desbordados, entornos hostiles, dinámicas familiares tensas, exclusión social, entre otras. Todas señales de alerta que, muchas veces, se ven tarde o no se ven en absoluto.
Más aún: La violencia de la cual estamos siendo testigos es sólo la punta del iceberg. Debajo hay angustia, frustración, desesperanza, soledad y abandono emocional.
Prevenir no significa solamente intervenir cuando estalla la violencia, significa detectar tempranamente los signos de sufrimiento emocional, los síntomas incipientes y las señales de desregulación conductual. Significa establecer protocolos y normas claras, entregar herramientas confiables y capacitar recursos humanos para acompañar a los estudiantes desde una mirada empática, informada y no netamente punitiva. Se necesita una mirada a largo plazo, acompañamiento constante, sistemas de detección temprana y una comunidad adulta preparada para contener, no sólo para disciplinar.
La violencia escolar no es sólo un asunto disciplinario: es un síntoma de un malestar psicológico. La salud mental de los estudiantes está siendo gravemente afectada y no podemos seguir normalizando la violencia como parte del paisaje escolar. Los colegios no son el problema, son parte de la solución. Pero para poder contener, necesitan herramientas y, ante todo, necesitan ser también ellos contenidos.
Esto es un llamado profundo a revisar lo que estamos haciendo y lo que no estamos haciendo en salud mental escolar, porque un estudiante que lleva un arma al colegio, por ejemplo, no empieza ese día a estar en riesgo: solo ese día lo visualizamos.
Detectar riesgos de salud mental en estudiantes no es un tema de intuición o buena voluntad, requiere preparación, herramientas efectivas, seguimiento continuo y capacidad de intervención.
Por Camila Ovalle
Psicóloga Clínica – Educacional
Co-fundadora de bow.care










