En el sistema educativo de Chile hay niños, niñas y adolescentes que aprenden en condiciones desiguales no por falta de capacidad, sino porque su discapacidad no siempre es visible ni comprendida.
La baja visión sigue siendo una realidad poco reconocida dentro del sistema escolar, lo que se traduce en barreras concretas para el aprendizaje, la seguridad y la permanencia educativa.
Desde mi experiencia como persona con baja visión y fundadora de Lanyard Baja Visión, he escuchado a madres que relatan situaciones dolorosas que viven sus hijos en distintos establecimientos educacionales: episodios de bullying vinculados a su condición visual, incomprensión por parte de sus comunidades escolares y, en algunos casos, la decisión de reducir la jornada escolar como una forma de “cuidado” frente a la sobreexigencia visual.
Estas experiencias no hablan de falta de voluntad, sino de una falta de información, formación y lineamientos claros. Cuando la baja visión no se reconoce ni se aborda adecuadamente, el sistema termina trasladando el peso de la adaptación a los propios estudiantes y a sus familias, generando exclusión donde debería existir apoyo.
Soy Paola Zúñiga Ruiz, persona con retinosis pigmentaria y fundadora de Lanyard Baja Visión, una iniciativa que surge como respuesta a esta invisibilización. A través de la entrega gratuita de lanyards, se busca visibilizar una discapacidad no evidente y facilitar el respeto, la empatía y los ajustes razonables en los espacios educativos.
La baja visión no es ceguera total, pero tampoco implica “ver bien”. Dificulta leer textos pequeños, copiar de la pizarra, orientarse en espacios poco iluminados o desplazarse con seguridad. Sin adecuaciones, estas dificultades afectan el aprendizaje, la autoestima y el bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes.
Estas barreras no se limitan al aula. La ausencia de demarcaciones con contraste en patios, escaleras, pasillos y zonas de circulación al interior de los establecimientos educacionales dificulta la orientación, aumenta el riesgo de accidentes y limita la autonomía de los estudiantes con baja visión. Se trata de ajustes simples y de bajo costo, pero con un impacto significativo en la seguridad y la participación escolar.
En Chile no existe actualmente un catastro público específico de estudiantes con baja visión dentro del sistema educativo.
Sin embargo, encuestas nacionales de discapacidad muestran que cientos de miles de niños, niñas y adolescentes presentan algún grado de dificultad visual, lo que invita a reflexionar sobre cuántas realidades permanecen invisibles en las aulas.
Este comunicado es también un espacio para reconocer y agradecer a las comunidades educativas que sí han avanzado en comprensión e inclusión: directivos, docentes y asistentes de la educación que escuchan, preguntan y buscan adaptarse. Esos gestos, aunque silenciosos, marcan una diferencia real en la vida de los estudiantes.
Al mismo tiempo, este es un llamado respetuoso a seguir avanzando. El Ministerio de Educación, las Seremías de Educación y los equipos directivos tienen un rol clave en fortalecer la formación, la visibilización y las orientaciones que permitan abordar la baja visión de manera más clara y coherente en todo el país.
La inclusión no se construye desde la perfección, sino desde la conciencia, la escucha y la voluntad de mejorar.
Cuidar no debería significar reducir oportunidades.
Y aprender debería ser un derecho posible para todos y todas, sin excepción.







