Las imágenes de los últimos días de julio son conocidas, pero no por ello menos desalentadoras: ríos crecidos, campos anegados y el sonido incesante de la lluvia golpeando los techos.
A primera vista, ante semejante despliegue, más de alguien podría dar por sentada una temporada de riego sin contratiempos para nuestra región. Sin embargo, sabemos bien que no toda el agua que cae suma del mismo modo.
Nuestra cuenca es nivo-pluvial. Esta distinción no es un mero tecnicismo académico, sino el corazón mismo de la economía de la zona: más del 70% de los caudales que se utilizan en la temporada de riego provienen de la nieve. La montaña funciona como nuestra gran “caja de ahorro”, un embalse natural que conserva el agua en estado sólido para liberarla de forma gradual durante la primavera y el verano.
El gran dilema de los sistemas frontales que nos han azotado a fines de julio radica en la temperatura. Las lluvias han venido acompañadas de una isoterma cero alta. Que llueva donde debería estar nevando —incluso por encima de los 1.200 metros sobre el nivel del mar— genera un doble impacto devastador: por un lado, desaprovechamos la oportunidad de acumular ese capital hídrico en las alturas; por otro, las precipitaciones líquidas lavan la poca nieve existente y escurren a toda velocidad directamente por los cauces, dejando a su paso riesgos de desbordes e inundaciones, pero poco beneficio a largo plazo.
Los datos actuales reflejan esta realidad. Al 3 de agosto, la cordillera registra 225 centímetros de nieve, equivalentes a 300 milímetros de agua, una acumulación que continúa siendo insuficiente para garantizar con tranquilidad el abastecimiento hídrico de la próxima temporada. La cantidad de nieve almacenada sigue siendo el indicador más relevante para proyectar la disponibilidad de agua durante la primavera y el verano, y hoy esa reserva dista de ser la que la cuenca necesita.
Esta dinámica pone contra las cuerdas la capacidad de respuesta de nuestra infraestructura hídrica. La mirada hoy está fija en el comportamiento del único embalse de riego de la Cuenca: Laguna del Maule con 46.5% de su capacidad de llenado. Esta reserva pensada solo para suplir los gastos de riego, no podría reemplazar el aporte del régimen natural y del importante aporte de la necesaria nieve en la cordillera.
Frente a un clima que cambia las reglas y los paradigmas, la gestión del agua en nuestra región no puede quedarse esperando que vuelva a nevar como antes; exige buscar nuevos acuerdos, acelerar la inversión en infraestructura, modernizar la distribución y aprender a retener esa agua efímera que hoy, lamentablemente, se nos escurre entre las manos.
Sin embargo, la temporada aún no está escrita.
Agosto y septiembre históricamente pueden aportar nevadas importantes que permitan mejorar la acumulación en la cordillera y fortalecer las reservas para el próximo período de riego. Mientras ello ocurre, nuestro deber es mantener una gestión responsable, seguir monitoreando cada indicador y prepararnos para todos los escenarios. La esperanza está puesta en que la montaña vuelva a vestirse de blanco, porque en una cuenca como la nuestra, cada centímetro de nieve es una garantía de agua para el verano y una tranquilidad para miles de familias que dependen de ella.
Juan Pablo Herrera
Presidente
Junta de Vigilancia Río Maule











