TALCA. – La violencia escolar se ha instalado con fuerza en la agenda pública, generando una creciente preocupación tanto en la ciudadanía como en las autoridades. Los recientes episodios ocurridos en centros educativos, algunos de ellos de extrema gravedad, han encendido las alarmas sobre un fenómeno que parece adquirir características cada vez más complejas.
El psicólogo Daniel Morales indicó que el problema tiene una raíz estructural.
“Una famosa neuropsiquiatra infantil, Amanda Céspedes, sostiene que el foco no debe ponerse únicamente en los niños, sino en el contexto que los rodea. El problema no son los niños, es la sociedad”, señaló.
El especialista distinguió entre la violencia escolar tradicional, como el bullying que ha existido por generaciones, y una forma más alarmante de agresión, donde un joven, generalmente actuando en solitario, irrumpe en un establecimiento educacional con la intención de causar daño masivo.
“Uno de los puntos de inflexión más relevantes en los últimos años fue la pandemia, período que alteró profundamente la vida cotidiana, especialmente en niños y adolescentes. El aislamiento, la educación a distancia y la reducción de la interacción social afectaron etapas clave del desarrollo, limitando la adquisición de habilidades emocionales y sociales fundamentales. A esto se suma una cultura marcada por la inmediatez, donde el acceso constante a pantallas y estímulos genera respuestas impulsivas y baja tolerancia a la frustración”, afirmó Morales.
Otro factor que contribuye al aumento de la violencia escolar es la disminución de redes de apoyo afectivo, el estrés en los entornos familiares y la normalización de los abusos y atropellos en espacios sociales y laborales.
“En el perfil de los agresores, observamos que se trata de jóvenes que han experimentado aislamiento social, que han sido víctimas de bullying o rechazo por parte de sus pares, y que han acumulado un profundo resentimiento a lo largo del tiempo. Para ellos, la violencia aparece como una forma de recuperar control o reivindicación personal. También resulta llamativa la predominancia de hombres en estos hechos, lo que abre interrogantes sobre las presiones asociadas a la construcción de la identidad masculina”, dijo el psicólogo.
La detección temprana surge como un elemento clave, aunque no siempre sencillo. Cambios en la conducta, aislamiento progresivo, señales de sufrimiento emocional o intereses vinculados a la violencia pueden ser indicios de alerta. Sin embargo, el propio especialista advirtió que no todos los niños que sufren bullying desarrollarán conductas violentas, lo que refuerza la necesidad de una mirada cuidadosa y no estigmatizante.
“Las medidas de carácter más restrictivo resultan deseables para evitar que enfrentemos nuevos casos, como el de Calama, pero debemos igualmente abordar las causas profundas del problema. Existen experiencias que muestran avances, como el fortalecimiento de equipos psicosociales e iniciativas de integración desde etapas tempranas. La violencia escolar requiere una respuesta integral que involucre a familias, escuelas y políticas públicas, en un esfuerzo conjunto por reconstruir vínculos, fortalecer la convivencia y generar entornos más saludables para el desarrollo de niños y jóvenes”, planteó.







