El uso intensivo de pantallas y redes sociales ha transformado la forma en que las personas experimentan la motivación y el placer. Recientes reportes internacionales han alertado sobre cómo la exposición constante a estímulos digitales puede alterar los circuitos de recompensa del cerebro, asociados a la dopamina.
Este tipo de consumo, marcado por dinámicas como el desplazamiento continuo de contenido, genera respuestas rápidas de gratificación que refuerzan conductas repetitivas y disminuyen la capacidad de sostener la atención en tareas más complejas. “Muchas aplicaciones móviles están diseñadas para ofrecer gratificación instantánea, lo que impacta directamente en los sistemas de recompensa del cerebro. En el tiempo, esto genera una activación del sistema por la anticipación de una recompensa”, explica Carlos Carrasco, PhD en Ciencias con mención en Biología Molecular, Celular y Neurociencias y académico del Instituto de Ciencias Naturales de Universidad de Las Américas.
Desde una perspectiva neurocientífica, el experto advierte que este escenario plantea un desafío relevante. “Hemos evolucionado en una dinámica acción-recompensa, donde aquellas conductas que activan este sistema tienden a repetirse en el tiempo. Actos gratificantes como comer, ganar algo, actos sexuales, sentirnos amados y validados, son dinámicas que activan los circuitos de recompensa. Sin embargo, en la sociedad moderna, los alimentos ultra procesados, las aplicaciones móviles y las redes sociales, pueden generar un efecto comparable al de algunas drogas”, señala.
El especialista agrega que esta sobreestimulación podría dificultar encontrar motivación en actividades cotidianas. “Cuando el sistema se adapta a niveles altos de estímulo, constantemente estará en la búsqueda de alcanzar nuevamente un nivel de satisfacción elevado. Por tanto, tareas como estudiar, leer o, incluso, la interacción social puede parecer menos estimulantes”, indica.
En este contexto, enfatiza la importancia de recuperar fuentes naturales de dopamina. “Se ha demostrado en diversas investigaciones que actividades como el ejercicio, la meditación, la interacción social y el contacto con la naturaleza, favorecen nuestra salud mental, disminuyendo la ansiedad y el estrés. De esta forma podemos comenzar a retomar el equilibrio.”
Asimismo, advierte que el desafío no es eliminar la tecnología, sino regular su uso. “El problema no es la pantalla en sí, sino la exposición excesiva y sin control. Es necesario fomentar hábitos que equilibren el tiempo digital con actividades que impliquen esfuerzo y desarrollo personal”, sostiene.
El impacto no solo se observa en la concentración, sino también en la calidad del sueño y la regulación emocional, especialmente en niños y jóvenes, quienes presentan mayor sensibilidad a estos estímulos.
El llamado es a tomar conciencia sobre el uso de dispositivos y promover cambios en la vida cotidiana. “Recuperar el balance en los sistemas de recompensa del cerebro es clave para el bienestar. Volver a disfrutar actividades simples y menos inmediatas es parte de ese proceso”, concluye Carrasco.







