Frente a la localidad de Lo Valdivia, en el límite entre las regiones del Maule y O’Higgins, se extienden las Salinas de Yoncavén. Aunque muchos las confunden con otras salinas del centro del país, aquí en suelo maulino más de seis familias mantienen viva, desde hace más de cien años, la tradición artesanal de producir sal de mar.
No se trata de sal “de mina”, como aclaran los propios cultores, sino de una sal que nace del equilibrio entre tres elementos esenciales: sol, viento y agua salada. Una técnica manual que ha habitado a generaciones y que se sustenta en sintonía con el clima y los ritmos del territorio.
Cuando el cuartel cobra vida
José Valenzuela, salinero, explica que todo parte mucho antes de ver los primeros cristales blancos: “La primera etapa es el desaguado y es la más dura. Si no desaguamos, esto queda como una laguna. Sacamos toda el agua hacia afuera para que después entre agua nueva al clarón”.
Cuando falta agua para los salares, el trabajo continúa con el deslamado: limpiar los canales, a veces por más de un kilómetro, retirando el barro acumulado. Luego viene el arrollado, una faena pesada y silenciosa: “No puede quedar barro negro porque tiñe la sal. Hay que amontonarlo bien, dejar todo firme para que después pueda cuajar. Podemos estar un mes y medio o dos meses solo limpiando”, relata José.
Elías Rojas, también salinero, describe el momento en que el cuartel comienza a cobrar vida: “Hay que echarle agua dos o tres veces por semana para que empiece a salitrar. Primero queda más lisito, más parejo, y eso ayuda a que la sal salga bien”.
Antes del cuaje, el piso se suaviza cuidadosamente con herramientas hechas por los propios salineros. La sal, explican, se comporta como una gelatina: al moverse, sella las pequeñas grietas. “Las partiduras tienen que sellarse todas. Queda como una tablilla, sin cortes”, agregan los cultores.
El ciclo de trabajo va de septiembre a marzo, lo que ellos llaman los rastrojos. Como siempre en este oficio, el clima manda. La artesana y salinera, Ana Mayor Leiva, explica el momento exacto de la cosecha: “Cuando hay viento y sol, la sal se acumula en la orilla. Ahí se saca con un rastrillo especial, aprovechando que el viento la ayuda a juntarse en el rinconcito”.
La sal se lava varias veces, según explica, siempre con agua salada. Luego se deja al sol para que escurra. Alicia Rojas trabaja la espumilla y lo explica con sencillez: “Después del secado, la sal pasa por el harnero. Ahí se separa la espumilla y queda la parrillera. Antes era solo para consumo, pero ahora también se vende. Luego viene el envasado y la venta”.
Desde hace diez años, Alicia trabaja lana de oveja en telar, crochet y palillo, pero la sal ha sido parte de su vida desde siempre: “Soy tercera generación. Desde chica ayudaba a mi papá a matear, a sacar el barro. Después, incluso, me casé con un salinero. Mis hijos, eso sí, no creo que sigan esta tradición”.
El oficio salinero como patrimonio vivo
La tradición de los salineros y salineras de Yoncavén fue reconocida oficialmente en 2017 por el Estado de Chile como Patrimonio Cultural Inmaterial, en base a lo establecido por la Convención UNESCO para la Salvaguardia. Desde entonces, la Subdirección de Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI) del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural ha trabajado junto a la comunidad en medidas y acciones co-diseñadas para proteger este oficio.
Sin embargo, tal como adelantaba Alicia, los riesgos persisten: la baja demanda, la competencia industrial, el desconocimiento ciudadano, la confusión territorial y la falta de relevo generacional amenazan con la desaparición de esta técnica y saber excepcional.
“La importancia de resguardar y valorar el oficio de los salineros y salineras de Yoncavén es valorar un saber tradicional y ancestral que articula conocimientos especializados propios del territorio. Si bien este tipo de oficio está presente en México, Francia o España, su presencia en Chile constituye un aporte relevante a la identidad cultural y modo de vida”, refuerza Francisca Ortíz, encargada regional de la Subdirección de Patrimonio Cultural Inmaterial en el SERPAT Maule.
A lo anterior, se suma que -además de ser una práctica singular a nivel internacional, por la complejidad de sus etapas y su carácter manual- representa también una estrecha y respetuosa relación con el territorio, transformándose en una práctica sostenible que nos enseña del cuidado ecológico del paisaje. “Valorar la práctica es también resguardar la comunidad cultora en torno a ella, propiciando la continuidad del oficio y el reconocimiento a los/as salineros/as como portadores de un patrimonio vivo”, concluye Ortíz.






