Señor Director:
Lo ocurrido en el Instituto Nacional, tres profesoras agredidas y rociadas con bencina, no es un incidente más. Es la evidencia brutal de que estamos tolerando niveles de violencia que, hace algunos años, habrían sido impensables en un establecimiento educacional. Y, sin embargo, aquí estamos: comentándolo como si fuese parte del paisaje.
Esto no va a terminar bien. Y lo digo con toda responsabilidad: Chile parece avanzar hacia el mismo lugar donde otras tragedias educativas comenzaron, esas que después recordamos por el nombre de la víctima y por la ley que se redactó demasiado tarde. Ojalá no tengamos que llegar al punto de una “Ley con nombre propio” para que recién entonces se tomen en serio la seguridad de quienes enseñan.
La violencia se ha normalizado porque la hemos permitido: autoridades que miran desde lejos, grupos minoritarios que actúan con impunidad, adultos que hacen vista gorda y comunidades que ya no se sorprenden. Pero que ya no nos sorprenda no significa que deje de ser inaceptable.
La educación pública no puede seguir siendo rehén de encapuchados, ni sus profesores transformarse en escudos humanos. Proteger a quienes educan no es una opción: es la base mínima de cualquier sistema que aspire a llamarse democrático.
Porque si un país no es capaz de resguardar a sus docentes, tampoco puede pretender formar ciudadanos.
Roberto Bravo
Director Líderes Escolares








