La integración de China en el mercado mundial es, sin duda, uno de los procesos más significativos de las últimas décadas. Pero mientras el mundo aplaude su crecimiento económico, la pregunta que debemos hacernos —especialmente desde países como Chile— es: ¿cuál es el verdadero costo de este modelo?
China ha seguido una estrategia agresiva, clara y bien ejecutada: penetrar mercados con precios artificialmente bajos, eliminar la competencia local, establecer dependencia comercial y luego reposicionarse como proveedor dominante. Este enfoque, muchas veces calificado como dumping, ha tenido consecuencias concretas: el cierre de industrias nacionales, la pérdida de autonomía tecnológica y la precarización laboral globalizada.
Uno de los casos más visibles es el del acero. CAP, la histórica Compañía de Aceros del Pacífico, no pudo sostener su operación frente a la competencia del acero chino, que llega a Chile a precios que simplemente no reflejan ni sus costos reales ni sus impactos. Este cierre no solo implicó la pérdida de empleos y conocimientos técnicos locales, sino que encendió las alertas de ingenieros estructurales y urbanistas.
Estudios internacionales, como los reportes de la World Steel Association y observaciones técnicas de expertos locales, advierten que la aleación del acero chino tiene menor resistencia y menor comportamiento frente a eventos sísmicos, lo que representa un riesgo significativo en países como Chile, donde la norma sísmica no es una opción, sino una necesidad estructural. Sin embargo, este acero se está utilizando en construcciones en altura, presionando la norma por una lógica puramente económica.
China logró otro objetivo estratégico: convertirse en la fábrica del mundo. Lo hizo ofreciendo a las grandes empresas multinacionales una promesa irresistible: reducir sus costos de manufactura y, por tanto, maximizar sus utilidades. La receta fue simple: bajos salarios, extensas jornadas, disciplina forzada, y un entorno legal flexible respecto a patentes, normas ambientales y derechos laborales.
Marcas occidentales se subieron al carro de esta lógica sin hacerse cargo del impacto humano. Apple, por ejemplo, ha enfrentado múltiples críticas por sus cadenas de producción en Asia, incluyendo denuncias por condiciones laborales que rozan lo inaceptable en cualquier democracia moderna. Y mientras en Estados Unidos o Europa se discute sobre sostenibilidad y equidad, la producción sigue tercerizándose hacia zonas donde la dignidad laboral es sacrificada en nombre del crecimiento.
El modelo chino no solo compite en costos: controla los ciclos de vida del consumo. La obsolescencia programada no es un mito: es una práctica extendida que garantiza que los productos duren poco, se reemplacen rápido y generen nuevas compras. Lo preocupante es que esta lógica —de raíz profundamente extractivista y lineal— se ha vuelto norma en muchos rubros, incluso en tecnología y electrodomésticos, donde los productos de marca china o asiática son diseñados para fallar justo después de su período de garantía.
Esta dinámica va mucho más allá de la eficiencia: se trata de una estrategia de colonización comercial. Primero se desplaza la producción; luego, la innovación. Lo que sigue es la dependencia.
Desde el punto de vista macroeconómico, China ha elevado su PIB, fortalecido su moneda y posicionado marcas globales. Pero lo ha hecho, en buena medida, a costa del sacrificio de su masa laboral. Jornadas de 12 a 16 horas, condiciones de trabajo severas y salarios mínimos que apenas aseguran subsistencia han sido documentados por organizaciones como Human Rights Watch y Amnesty International. Es legítimo preguntarse: ¿es ético este modelo? ¿Queremos replicarlo o sostenerlo con nuestro consumo?
¿Qué puede hacer Chile?
La respuesta no es el proteccionismo irracional ni el aislamiento, pero sí una estrategia de defensa inteligente:
- Exigir cumplimiento de normas técnicas en todos los productos que ingresan, especialmente en áreas críticas como construcción, energía y salud.
- Establecer barreras arancelarias temporales o incentivos a industrias estratégicas para evitar su colapso.
- Apostar al conocimiento y la innovación nacional, no a competir en precios con quien juega con otras reglas.
- Exigir estándares laborales a las empresas proveedoras, en línea con tratados internacionales firmados por Chile.
Una reflexión final
China no es un enemigo. Es un actor racional, planificado y determinado. Pero su modelo no es neutro, ni inocente. Si no lo analizamos críticamente, si no lo enfrentamos con estrategia y dignidad industrial, terminaremos pagando un costo altísimo en autonomía, en calidad y en humanidad.
El verdadero desarrollo no se mide solo en dólares o toneladas producidas. También se mide en dignidad, en sostenibilidad y en respeto al trabajo y derecho humano.
Por Rodrigo Araya Attoni
Analista Político Independiente